Al mirar examinar lo ocurrido en los últimos dos meses de pánico financiero, la primera sensación es de perplejidad, no por lo ocurrido, sino por la reacción desorientada de los presuntos líderes políticos y de opinión.
De repente, los inversores (desde el depositante anónimo de una sucursal bancaria, a los presidentes de los bancos de inversión) han sido expuestos a una realidad pública, pero voluntariamente ignorada: que el dinero no está en los bancos, sino invertido en actividades empresariales y en financiar el consumo, y que en consecuencia la liquidación simultánea de todas las posiciones de deuda en una economía solo puede conducir a la bancarrota de todas las instituciones financieras; y que para evitar esto, desde los años 30 se han constituido una serie de cortafuegos (que abarcan desde los fondos de Garantía de Depósitos a los Bancos Centrales) para responder a una situación, que como es posible, y es potencialmente devastadora debe estar contemplada.
Nada de lo ocurrido ha sido un imprevisto estructural: siempre hemos sabido que podría ocurrir “porque sí”, y en los últimos años ha habido razones para creer que ocurriría pronto. Tampoco los ejemplos de bancarrotas bancarias acaban en los años 30: como veremos a continuación, el colapso del sistema financiero, y el rescate de las instituciones es relativamente habitual en la historia reciente: en el caso de los Estados Unidos ocurrió en una escala semejante a la actual entre 1982 y 1995.
Por otro lado, una generación de economistas y traders, que han hecho sus carreras en un entorno de alta estabilidad macroeconómica y escasos sobresaltos en el campo de la estabilidad financiera, y cuya formación económica era escasa, y totalmente divorciada de la Historia, han reaccionado a un suceso inhabitual pero previsto de forma totalmente histérica; y no con menos histeria ha reaccionado la opinión pública, cuyos clichés sobre el sistema financiero y la ignorancia de quienes deberían informales han creado un pánico adicional.
Durante las próximas líneas no solo voy a exponer lo ocurrido, sino que voy a dar cuenta a mis lectores de las advertencias de Kenneth Rogoff, Robert Shiller, Hyung Shon Shin, Eckhard Platen, el Banco Internacional de Pagos (BIS ) y el semanario The Economist, que llevan desde 2002 advirtiendo de los excesos de liquidez, los excesivos déficits y superavit por cuenta corriente, las distorsiones en los mercados cambiarios globales, los precios excesivos de la vivienda, los bajos tipos de interés y los severos fallos de una regulación bancaria.
También vamos a intentar entender los incentivos políticos y económicos que han hecho que los participantes en los mercados, y las autoridades reguladoras y monetarias hayan hecho caso omiso de estas advertencias.
Y finalmente vamos a evaluar la gravedad de la situación actual, que en mi opinión es comparable a la crisis de los años 70, pero en ningún sentido parecida a la gran catástrofe de 1929, entre otras cosas, porque hoy es imposible que se deje quebrar a las instituciones de crédito.
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